China. Día 4. El de la tarde en el aeropuerto.
Por la noche cayó una tormenta de narices, pero la mañana amaneció limpia y despejada. Desayuno continental en el propio hostel y visita al Palacio de Verano.
El Palacio de Verano es una de las visitas obligadas en Beijing. Se construyó en 1750 y fue destruido durante la segunda guerra del opio (1860) por británicos y franceses. Tras la guerra, la emperatriz viuda Cixi reconstruyó el actual Palacio de Verano, un parque de 300 hectáreas con algunas residencias. En realidad, el actual Palacio de Verano coge solo un poco de terreno donde realmente estaba el antiguo. Aparte de los chinos haciendo deporte, bailando, paseando o tocando música, esta gran zona verde tiene un par de curiosidades interesantes.
El nombre del Palacio en chino significa “Jardín de de la Salud y la Armonía” Dentro del Palacio hay está el lago Kunming; un lago artificial que tiene forma de melocotón: la fruta que representa la longevidad en china. Esta claro que Cixi quería vivir muchos años y en buena forma.
Aparte de pagodas y otros elementos clásicos de la arquitectura china, el Palacio de Verano tiene algo que lo diferencia de los demás monumentos del país. En el lago podemos encontrar un barco de mármol que la empratriz Cixi construyó, irónicamente, con dinero del presupuesto que iba dedicado a la marina en un principio. Ni en la marina, ni en el pueblo, sentó muy bien el dispendio; pero Cixi defendió el barco como un símbolo de estabilidad y perennidad; cuando en realidad solo lo utilizaba para dar fiestas.
Después del Palacio de Verano hice una visita fugaz al Templo de los Lamas, que era lo más cerca que iba a estar de la cultura Tibetana en China. El templo es mucho más grande de lo que parece y está rodeado de tiendas que venden exclusivamente incienso. El paseo es interesante aunque no dejaban hacer fotos dentro de los templos. Había un cartel que decía “Don’t burn incense & film in the hall.”; que me hizo mucha gracia porque veía muy tonto quemar incienso o “película” dentro de un templo. Cuando una señora me regañó por hacer fotos en las salas, entendí el cartel como un ejemplo más del peculiar inglés-chino.
Mi vuelo salía a las 18. Pero cuando llegué al aeropuerto, a las 16, ví que lo habían atrasado. En realidad, habían atrasado todos los vuelos del día, en principio por la tormenta de la noche anterior. Pero también porque el espacio áereo chino está tan saturado como el tráfico del centro de Pekín; así que no es una situación nada rara que un vuelo se retrase. Lo curioso fue, que (yo creo que para quedar bien), nos subieron al avión tras hora y media de retraso. Lo absurdo es que el avión no tenía permiso para despegar ni nada; por lo que estuvimos al menos otra hora y media sentados en un avión parado. Lo increíble es que hasta nos dieron la cena y todo; aunque no nos preguntaban si estábamos aburridos o si realmente teníamos hambre.
La espera habría sido llevadera si no hubiera tenido a una especie de señor de negocios sentado a mi lado, que olía a no haberse cambiado de traje desde la nochevieja del 93. El señor me veía leer en inglés y, pensando que su inglés era impresionante, se acercaba a mi (permitiendome respirar su aliento) e intentaba conversar amigablemente, con preguntas base tipo “de donde eres” etc. Lo malo es que su inglés no era tan bueno como él pensaba y aquella situación era insostenible y, aunque me hiciera el loco, el tío insistía una y otra vez. Lo único que entendí era que trabajaba con energías renovables en Mongolia. Pero hubo un rato que me estuvo diciendo que había conocido al presidente de mi país. Y yo flipaba ¿a ZP? ¿este chino ha conocido a ZP? Al final entendí que no era ZP, si no un señor normal que, según mi oloroso amigo, hablaba muy bien inglés. Un intento de pulla que rechacé con una leve sonrisa y regresando a mi libro de 1000 páginas en inglés (a punto estuve de darle a leer dos páginas y pedirle un comentario de texto)
En fin, después de esperar infinitamente despegamos y en un ratito llegamos a Xi’an. La verdad es que, a pesar de los retrasos, estaba antes a la ciudad de los guerreros de Terracota que con cualquier otro medio de transporte disponible. El aeropuerto de Xi’an es otro paradigma de la enormidad. Ahí me empecé a dar cuenta de que en China no hay ciudad pequeña.
Un autobús nos acercó al centro y allí, en principio, iba a andar hasta el hostel. Pero estaba totalmente desorientado, eran las 22 de la noche y no sabía a quién preguntar. Contraté un rickshaw y el tío me llevó en un momento por euro y medio (precio desorbitado para china, perfecto en ese momento para mí) Cuando llegamos a la puerta, solo tenía billetes de 100 para pagarle, y el chico no tenía cambio…ni cara de fiarse de mí. Así que cometí una de las grandes imprudencias del viaje, que no volveré a hacer jamás: le dije que esperara con mi mochila (la de la cámara lo cogí) y entré al albergue a pedir cambio. Dentro me dí cuenta de lo que había hecho y me puse muy nervioso, pensando que el chino iba a arrancar la moto y a huir con toda mi ropa sucia, pero cuando salí estaba allí esperándome con cara de buen chico y; de la alegría que me llevé, le dí una propina de 50 céntimos. El chaval puso cara de no entender a estos extranjeros y se fue a por más clientes. A los dos días, un chico chino que conocí en el albergue me dijo que jamás volviera a coger un trasto de esos, que eran lo más peligroso de toda China.
En el albergue viví otro ejemplo del horrible inglés chino: la chica de recepción me obligaba a pagar por adelantado la habitación y poner un depósito. No tenía suficiente dinero, así que le dije que pagaría mañana. Y ella, erre que erre, que pagaba ahora o no me daba la llave. Así que le dije que me explicara dónde había un cajero: “A la derecha, a la derecha, y a la derecha.” Sus indicaciones me llevaron a una de las calles más oscuras, estrechas y tenebrosas que he tenido la oportunidad de pisar: con más miedo que ganas, acabé dándo la vuelta a la manzana para llegar otra vez a la entrada del albergue; seguir andando un poco y ver que los cajeros estaban a la izquierda, a la izquierda, y a la izquierda. En fin.
La gran alegría de la noche me la llevé al entrar al cuarto: habitación de cuatro, con dos camas ocupadas por dos hermanos irlandeses de…¡¡Cork!! ¡Qué recuerdos! Pasamos un buen rato hablando de los viajes que estábamos haciendo, pero en especial del English Market, del McDonalds azul y de la calle de los pubs con su diversos locales. La pena es que se fueron al día siguiente, pero eso me daría pie a conocer a otros personajes singulares y sin pares…
PRESUPUESTO DEL DÍA (yuanes)
Desayuno: 8 (continental en hostel)
4 viajes en metro: 8
Traslado en tren Pekín – aeropuerto: 25
Palacio de Verano: 60
2 viajes en barco dentro del Palacio de Verano: 20
Templo de los Lamas: 25
Comer: 62 (comí al lado del Templo de los Lamas, no había mucha oferta y este era un vegetariano, caro para el estándar chino pero con unos platos muy grandes y originales)
Un agua y un sprite: 6
Traslado aeropuerto – Xi’an: 25
Rickshaw: 20
Hostel de Xi’an: 190
Cerveza: 20
Total: 449 (44,9 € )










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