Día 0 – Madrid – Moscú – Pekín. El del chico de negocios enfermo.
Por primera vez en mucho tiempo tenía nervios de insensatez antes de un viaje. Nervios de “¿Dónde me estoy metiendo?” Y “¿Cómo se me ocurre irme solo a China?” Pero los billetes estaban comprados, la mochila preparada y la marcha atrás hubiera sido ridícula. Así que acudí a mi cita con Aeroflot con la mochila más ligera que recuerdo de mis últimos viajes; lo cual es todo un logro.
La compañía no me daba nada de miedo, ya volé con ella hacia Japón y acabé más que satisfecho. Esta vez salía por la noche, llegando a a Moscú a las 6 de la mañana y teniendo que hacer unas 6 horas de escala para coger el vuelo a Beijing. Tampoco me preocupaba mucho la espera; pensaba dormir en el avión, así que no creía que se me fuera a hacer muy dura.
Sin embargo, las cosas ya tomaron un giro inesperado antes incluso de que el avión despegara: A mi lado se sentaron dos chavales muy majos, uno de Madrid y otro chino que llevaba muchos años en España. Iban a Shanghai a hacer negocios y el chico chino haría de intérprete. La verdad es que eran agradables y estuvimos hablando mientras esperábamos a que se pusiera el avión en marcha. Y, cuando nos dirigíamos a la pista de despegue, el madrileño empezó a encontrarse muy mal y tuvo que pedir permiso para ir al baño (¡a punto de despegar que estábamos!) Según el chino, le debía de haber sentado mal un sandwhich que llevaba mayonesa. Cuando el chico volvió, dijo encontrarse algo mejor (lo había echado todo) pero no traía buena cara; y una azafata le preguntó si estaba seguro de poder continuar con el viaje. Supongo que hay que encontrarse en las últimas para decir que no, y el chico pidió que no parara la fiesta.
Nada más despegar, necesitó ir al baño otra vez. El chino me mostraba su indignación “¡Un sandwhich, por un sandwhich así! ¡Antes estaba perfecto!” A su vuelta el chico evidenció una necesidad de medicinas y así lo solicitó a la azafata. El problema es que el inglés de nuestro amigo madrileño era escaso, y el del chino, nulo, así que ahí entré yo en juego haciendo de intérprete en la medida de mis posibilidades. Las azafatas le trajeron una ristra de diez pastillas negras como el carbón, y le pidieron que se tomara una cada quince minutos (sí, tenía entretenimiento para todo el viaje) Con las pastillas negras y su envoltorio en ruso, al chaval le entró un ataque de desconfianza terrible. Las azafatas aseguraban que iba a ser una especie de limpieza de estómago y que iría genial, y el chico decía que para qué, si ya lo había tirado todo.
Sorprendida de que aún estuviera mal, una azafata muy amable le tomó la tensión y, como tampoco parecía tener mucha idea, le dijo que si quería que preguntara aquello de “¿Hay algún médico en la sala?” a través de la megafonía del avión. El chico dijo que no, que necesitaba descansar (sudaba mucho, por cierto) La azafata le pidió que si empeoraba que avisara, y que si estaba malo a la llegada que lo dijera para pedir un médico en el aeropuerto y que se pusiera en la cola del avión.
Cuando, egoístamente, pensaba que iba a tener un viaje muy tranquilo, porque estos se ponían detrás, la azafata me pidió que, en calidad de intérprete (eso quería pensar yo, en realidad, la cola estaba ocupada por tres personas de la misma familia y no las querían separar) me pusiera con ellos en la cola del avión. Nuestro amiguito se había quedado roque tras un chute de pastillas del chino, dejando las negras a mitad, y yo no dormí en todo el viaje gracias a la realística sensación de turbulencias que produce la cola del avión. Y es que, por cierto, el trayecto Madrid – Moscú es muy turbulento, de cuatro veces que lo he hecho, tres han sido con la mayor parte del viaje en modo turbulencias.
En fin, que de no dormir llegué hecho polvo al aeropuerto de Moscú, y las seis horas fueron un suplicio. Estuve acompañando a estos chicos un rato, desayunando cosas carísimas (por los desmesurados precios del horrible aeropuerto de Moscú) y estuve muy cerca de dormirme y quedarme fuera del avión. Tuve que poner el ipod a toda pastilla con Les Savy Fav para no quedarme roque al lado de una máquina de absorber humo de tabaco (que no funcionan muy bien y dejan un olor horrible) pero lo conseguí y monté.
El avión no es como el de Japón. Es de estos que tiene una tele para todos, las películas van en cinta y todo tiene un look Mad Men inquietante. Pero era cómodo, me sorprendió eso positivamente, a pesar de no tener mi centro de ocio particular. De todos modos, ahí caí muerto y casi no me enteré del viaje.
En Pekín me recogió un primo de Bob, El Silencioso, un chino que no hablaba nada, pero que cuando lo intentó (para preguntarme por el número de teléfono del albergue, porque tenían la puerta cerrada, eran las 2 de la mañana) no conseguía comunicarse mucho. Fue la primera de las muchas dificultades de comunicación que tuve, mucho mayores que en Japón o cualquier otro país en el que haya estado. Al final nos abrieron, por ciencia infusa o porque llamé a la puerta, a pesar de que el conductor no quería porque había un cartel que debía decir: “no seas cabrón y te nos pongas a llamar al timbre después de las doce”.
Estaba cansadísimo, así que aquello fue ducha y directo a dormir, el viaje no había hecho nada más que empezar.




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Madre mia…. y eso solo el día 0. Esto promete!
Deseando leer el resto!
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